Sábado noche
Tuve que ir al centro comercial... (no soy fan de esos sitios, si voy es por que es estrictamente necesario) me marea el río de gente galopando de una vitrina a otra.
La visita es infructuosa, busco inmediatamente la salida más cercana, se abren las puertas automáticas y siento en la cara el golpe de calor, el bochorno y la humedad junto con el olor a lluvia... Llueve!
No veo la hora de llegar a casa, después de una jornada larga en el trabajo lo único que quiero es llegar a casa y dormir. (me estaré poniendo vieja?)
Tomo el primer taxi que veo estacionado, saludo como de costumbre y le doy la dirección de casa.
El conductor es un señor de unos 50 años. Lleva en la mano un humeante vaso de café con leche... mientras va dando sorbos se queja de la falta de azúcar en su bebida y agrega que desde hace un par de años tiene que poner especial cuidado en su salud.
El recorrido a casa toma más de lo normal debido al tráfico y la hora pico, lo que nos da tiempo de conversar.
Me pareció un buen hombre, respetuoso. Estuvimos charlando al rededor de 10 minutos, y Yo, que no estudié medicina pero soy curiosa en lectura le di algunas recomendaciones prácticas para controlar el azúcar en sangre y algunos consejos en vista que es un hombre que conduce todo el día y las precauciones que debía tener. (y que hago? siempre saco a la mamá gallina q llevo en mi!)
El hombre asombrado me pregunta si yo también sufría de lo mismo y no entendía cómo era que sabía tanto del tema asegurando que esas mismas recomendaciones se las había dado su médico. Me agradeció los consejos y para mi sorpresa me cobró menos dinero en la carrera.
Pero la verdadera sorpresa me la llevo cuando al bajar del taxi me dice el hombre:
- Señorita, sabes una cosa? no se imagina cuanto me ha alegrado usted el día, me ha dado ánimos... Gracias! pase usted una buena noche.
Lo que no supo el hombre es que fue él quien me alegró la noche, y esas palabras se me han quedado grabadas desde entonces. Podrá parecer una tontería, pero nunca esperas; al menos yo, un gesto así o unas palabras amables y sin segundas intensiones de un desconocido.
Que bonito sería que pudiéramos alegrarle el día a alguien por el simple hecho de PODER HACERLO!
... Me alegras el día.